
Siempre he evitado esperar en casi todas las facetas de mi vida. Quiero las cosas, en la medida de lo posible, de forma inmediata. No esperaría nunca meses para comprarme un coche, antes cambio marca, modelo, color o incluso equipamiento. Tampoco tengo especial paciencia con las casas. En una ciudad como Madrid, el mercado es tan gigantesco que seguro que hay una para mí, sin esperar meses o años. A partir de determinado gasto económico, la espera es casi humillante, una tomadura de pelo. Sí, seguramente en ocasiones merece la pena esa espera, pero en ese argumento de algunos existe un punto de consuelo o resignación y una pequeña parte de verdad, que reconozco.
Decía que jamás he hecho “cola” para ningún acontecimiento. Al menos más allá de lo razonable. Ni cines, ni zoológicos, ni parques de atracciones, ni actuaciones musicales-o eso pensaba-, justifican una o dos horas de espera. Antes busco horarios imposibles, hago más kilómetros o simplemente no voy. Realmente no creo que exista nada relacionado con el ocio que me empujase a esperar, excepción hecha de una entrada a pie de pista para los Bulls de Michael Jordan , dos o tres años antes de su retirada. Sí, para eso esperaría, supongo…
Hace unas semanas saqué, por Internet, claro, un par de entradas para un grupo musical. Parecía cómodo, pagar on-line, con asiento asegurado, sin colas, no demasiado caro…todo controlado. A las 21h. Bien. No llegaré tarde y al día siguiente trabajo…
Era una sala de Madrid, una de tantas…
El día señalado, transcurría según lo previsto. Algunas paradas de metro, ropa informal, día agradable. “Las puertas se abren a las 20h” rezaba un texto en la propia entrada y en el cartel anunciador. “¡que se abran cuando quieran!”, -pensé yo-. “Ya tengo la entrada”. Por otro lado, siempre llego exageradamente puntual a casi todo, así que sobre las 20.15h salía de la estación de metro, a unos 500 m de la sala.
Subí despacio las escaleras que me llevaban a la calle, accediendo como con ganas de una bocanada de aire, ya que el metro me produce cierta claustrofobia muy leve. Nada me hacía pensar que la marea humana que se desplazaba por la acera a mi lado se dirigía exactamente al mismo sitio que yo.”¿Dónde van todos estos?” Me preguntaba…
Tímidamente se vislumbraba a una distancia brutal el cartel luminoso de la sala de fiestas, cuando ese montón de gente se paró, formando parte de una gigantesca cola que ocupaba, al menos en lo que mi vista me permitía, un enorme puente sobre una calle enorme, para luego dar una vuelta brutal a una manzana de tamaño considerable.
Seguía llegando gente. Los menos expertos preguntaban atónitos: “¿pero esta cola es para Camila?…¡Joder! si parece para Camela”, “no, no, Camila…es un grupo mexicano melódico”, Yo sabía que no llevaban mucho tiempo cantando y con cierto éxito,…pero ¿toda esta gente?
En diez segundos ya había decidido que no me quedaría, que no esperaría esa cola, y además estaba convencido que ni siquiera llegaríamos, en un lentísimo avance que prometía obligarnos a entrar tarde al concierto.
No ayudó mucho que un individuo sudamericano, joven, con aspecto de estar algo desesperado, me ofreciese 90 euros por una entrada que me había costado 20. Nadie delante de mí la vendió, ¿por qué lo iba a hacer yo?. Quizá pensaba que el siguiente me ofrecería 150, o puede ser que sólo intuyese que merecería la pena.
Decidí esperar.

Media hora después, podría escribir un libro con las conversaciones a mi alrededor, la forma de comportarse de quienes me rodeaban, siempre prototipos peculiares de edades, sexos y actitudes. Mundos ajenos a mí me calaban, como la forma de registrarme a la entrada, los ilegales vendiendo latas de refresco y algo más con descaro y audacia, revuelto mar de novedades para mí. Parezco un abuelo, pensé, tengo que salir más…
Aproveché un rato antes para llamar a mi hija, que me reprendió mientras se reía: “pero papá, ¿Cómo no me has preguntado antes? Es una sala donde se está de pie, está a tope siempre, yo con entradas de 50 euros he llegado a esperar dos horas y media en otro sitios, las puertas se abren antes para coger un buen sitio…tampoco has esperado tanto. Anda, no seas cascarrabias y quédate, que te va a gustar…”

Sí, un par de cervezas, una melancolía controlada, saltos de adolescentes, ajenos, claro, estrofas conocidas que en directo son magia, la sensación de los graves en tu pecho, los agudos en tu alma, segundos que pasan veloces, corazones enamorados en la sala, parejas, muchas, uniendo sus voces, otras veces en silencio, abrazos que van y vienen, sueños seguramente compartidos, impregnados de vida.
Paladeando tiempo para mí, con una desorientación buscada, un sol artificial que cegaba de pasión a casi todos; chicos agradables, los protagonistas, con voces perfectas, con la ilusión del que cabalga en la fama pero no se cree dominador de ella. Cansancio atenuado por la música, humo falso, sin tabaco, bendito milagro.
Dicen que las palabras sobre música y amor son innecesarias para quien los conoce, e inútiles para quien los ignora. La música es inmediata, vinculante, y generosa anfitriona de quien se quiere hospedar en ella. Compartirlo es un complemento de la intimidad que a veces requiere paciencia y generosidad.
Infinitos compases y melodías nos esperan. Búscalos. Merece la pena la espera.Seguro.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada