Nunca me cansaré de insistir en la importancia de sentar unas buenas bases. En todas las etapas de la vida, pero especialmente en la infancia. Luego cada uno utiliza ese poso de la forma más apropiada o absurda, pero la materia troncal debe ser única, ferozmente controlada, hábilmente suministrada a nuestros menores. En esto, en la forma de indicar el camino a nuestros hijos, el deporte marca siempre una elección segura. Después, como digo, la gente toma extrañas decisiones: una pareja ya establecida se piropea en publico a través de facebook, extraña herramienta donde la mentira campa a sus anchas, los adolescentes “guasapean” mucho y hablan poco, los adultos sin iphone parecen impotentes funcionales, el sedentarismo aumenta vertiginosamente, y la televisión malvive entre basura aceptada. Pero seguimos educando, o deberíamos. Luego vendrán los inconformismos, las pasiones frustradas, o no, amores celestiales o baldíos, que de todo hay, y casi seguro un estilo de vida inadecuado, pero tratamos de evitarlo con la compañía de sus fines de semana, los de los chicos, que a veces embarullan los nuestros.
Circunstancias de la vida me llevan a las 9 de la mañana a un colegio cualquiera de Madrid. Categoría benjamín. Baloncesto mixto, liga escolar. ¡Dios! 30 años después de dejar mi Valladolid natal, viviendo feliz entre patios de mil colegios los sábados por la mañana, concurrido paraíso, vuelvo a subirme a ese tren matinal que recorrió media vida conmigo.
El patio estaba mojado, empapado, con charcos peligrosos. Había llovido bastante. Una cría, (¿25-30?), entrenadora del equipo local, barre la pista entera sin ninguna ayuda, llena de ilusión, seguramente con poco o ningún sueldo mensual. Llega la primera. Es puntual, sonriente. Los padres aparecen con cuentagotas, impuntuales establecidos. Roza lo grosero. Entre 15 y 20 minutos tras la hora indicada. Tardan en darse cuenta del trabajo de limpieza del campo, y cuando lo hacen, sólo le indican dónde barrer, pero siguen sin ayudar ni ofrecerse. Mucha corbata, poco espíritu. Me ofrezco a echar una mano. No por heroísmo, sino casi por piedad cristiana. No sabe quien soy, pero le da igual. Me da las gracias y mientras yo sigo, va a por los banquillos y la silla y mesa de anotación. Los padres miran el reloj. Algunos charlan.Los banquillos, calco exacto de los de los 70, rebosan ropa, mal colocada.Como siempre.Las líneas que delimitan el campo llevan a errores a los jugadores, como siempre...

Año 2011
Año 1979
Excepto por la equipación, más ancha y novedosa, más estilosa y colorida, la estampa podría tener una fecha cualquiera, 1982. Árbitros y mesas mal pagados, vocacionales y vital sustento de todas esas ligas, y un compendio de padres de comportamientos estandarizados: el pseudoentrenador que da instrucciones gritando y aturulla a su propio hijo, lerdo pretencioso que no respeta ni al entrenador ni a su retoño, urgente afán de triunfo; el ocupado, llamadas a móviles sin cesar prescindiendo del partido, total, ¡a quien le importa!; el histérico de gestos y aplausos, exagerado e histriónico; el que confunde un
Madrid-Barsa con esto, y acribilla al arbitro de reproches e insultos; el sereno, espectador respetuoso y noble, que desde un sitio prudente escruta con tranquilidad y disfruta con dulzura. Sí, casi todos hombres. Lo siento. Ellas, las madres, mucho más naturales, menos afectadas, más humanas: les da igual que su hijo salga un
Gasol o un
Navarro. Cuidan, con mayúsculas, sin más.
El árbitro, otra mujer, no sólo pita: también corrige normas y se las explica a todos los jugadores con paciencia, de ambos equipos, deteniéndose más tiempo en quien no entiende la disertación. Procura pasar por alto infracciones evidentes pero inocentes. ¡Qué gusto de inteligencia emocional!
Los aros, torcidos casi siempre, las redes, gastadas de lluvia y colmadas de frío y viento, los postes de las canastas, recubiertos de forma cutre con gomaespuma, incapaces de fabricar el pack completo, evolución tecnológica veloz en todo, pero aquí…estancamiento peligroso.

Patio imperturbable, casi postal fotográfica de todas las épocas…de hecho, adjunto una de la mía y otra actual, calco de suelo, de luz, de peregrinación de sabiduría, todos iguales ante el balón, niñas (más del 80%), niños, ricos y pobres: juegan, corren, pasan frío, se divierten. Evitarán litronas y estupideces, la mayoría. Son la fuente del futuro.

Ventanales de rejas infames y peligrosas vigilan mudos, como testigos atemporales de todo, generaciones y generaciones de escolares que vuelven el sábado felices a sus colegios a hacer deporte.


Huele a paz. A veces la memoria importuna, otras, rememora cuantiosos aniversarios de sábados de vida y deleite de libertad. Me sentí feliz, satisfecho, lleno de vida. No necesito somníferos ni sedantes. Tengo esto. Acabó el partido. Se fueron. Todos. Miré un par de veces más antes de marcharme. Usa a los demás para lograr tu felicidad, pero siempre con tu propia llave y con recuerdos que te quepan entre las manos. La vida es efímera, pero la sonrisa no cambia nunca. Eso es tu patrimonio. Se hace tarde…tengo más cosas que disfrutar. Una nueva vida que estrenar. Con la misma ilusión que siempre, una última partida. Ven, si quieres, abre cuando llegues. Estaré esperando…